En su apogeo, ¡Trántor gobernó el Imperio! Lo hizo mal, pero nada habría podido hacerlo bien. El Imperio era demasiado grande para ser gobernado por un solo mundo, incluso bajo los emperadores más dinámicos.

¿Qué otra cosa pudo hacer Trántor más que gobernarlo mal cuando, en los siglos de decadencia, la corona imperial estuvo a merced de taimados políticos y necios incompetentes. Y la burocracia se convirtió en una subcultura de corruptibles?

Pero incluso en sus peores épocas hubo innumerables factores positivos. El imperio galáctico no habría podido ser gobernado sin Trántor.

El Imperio fue derrumbándose ininterrumpidamente, pero, mientras Trántor siguió siendo Trántor, continuó habiendo un núcleo del Imperio y éste re tuvo un aire de orgullo, de prosperidad, de tradición, poder y… exaltación.

Sólo cuando sucedió lo inimaginable; cuando Trántor finalmente cayó y fue saqueado; cuando sus ciudadanos fueron asesinados por millones y condenados a la inanición por millones; cuando su resistente capa metálica fue abollada, perforada y fundida por el ataque de la flota «bárbara», sólo entonces se consideró que el Imperio había caído. Los supervivientes de aquel mundo tan glorioso destrozaron lo que había quedado y, en una generación, Trántor pasó de ser el planeta más grande que la raza humana había visto jamás a convertirse en un inconcebible laberinto de ruinas.

«Los límites de la fundación», Isaac Asimov

Así es cómo va descomponiéndose «el imperio». Poco a poco, de manera imperceptible, y sólo cuando es desafiado desde dentro, sus ciudadanos asesinados por millones y cuando todo ha sido totalmente saqueado, sólo entonces consideraremos que el imperio ha caído.

Pero aún ahora se alcanza a ver cómo nuestro Trántor no es suficiente.