Me pareció interesante la visión de Downey acerca de los libros de texto. Es una iniciativa de las que nos hacen estar a la altura al defendernos contra la censura.

El manifiesto del libro de texto

Allen B. Downey – 6 de enero 2010. Traducido por Joshua Haase.

Michael Pollan generó mucha atención últimamente con su Manifiesto del Comensal: Come comida. No demasiada. Principalmente plantas.

Es tan simple que suena estúpido, especialmente la parte de «Come comida». Pero hay sustancia allí. No tienes que estar de acuerdo con él; mi punto es que su manifiesto no es tan estúpido como suena.

Mi manifiesto del libro de texto es también tan simple que suena estúpido. Aquí está: Los estudiantes deberían leer y entender los libros de texto. Eso es todo.

Es difícil imaginar que alguien discrepe, pero he aquí lo que encuentro irritante: la gran mayoría de los autores de libros de texto, editoriales, profesores y estudiantes se comportan como si no esperaran que los estudiantes lean o entiendan los libros.

He aquí como funciona. La mayoría de autores de libros de texto se sientan con el objetivo de escribir la biblia de su campo. Como debe ser fidedigno, suelen enfocarse en ideas bien establecidas y evaden la opinión y controversia. El resultado es un libro sin personalidad.

Para las editoriales, la virtud principal es la cobertura. Quieren libros que puedan ser usados para muchos cursos, así que fomentan que el autor incluya todo el material para todos los cursos posibles. El resultado es un libro de 1000 páginas sin personalidad.

Para la mayoría de profesores, la virtud cardinal es el material para las clases; quieren clases listas para usar. Y a juzgar por el correo que recibo, lo que en realidad quieren son las soluciones de los ejercicios. Desafortunadamente, el precio no suele ser un problema. El resultado es un libro caro de 1000 páginas sin personalidad.

Para los estudiantes, esas virtudes son irrelevantes porque los libros son ilegibles y, generalmente, no se leen.

He aquí lo que pasa. El profesor elige un libro de 1000 páginas y encarga a los estudiantes leer 50 páginas a la semana. Ellos no pueden, y no lo hacen, así que el profesor gasta el tiempo de clase explicando lo que los estudiantes no pudieron leer. Dentro de poco, los estudiantes aprenden que no deben siquiera intentar. El resultado es un pisapapeles de 1000 páginas.

¿Cuál es la solución? Fácil, es lo contrario de lo que dije. Los autores necesitan escribir libros que los estudiantes puedan leer y entender. Eso significa 10 páginas a la semana, o 140 páginas para un curso de un semestre. Y significa escribir para estudiantes reales, no los imaginarios de hace 50 años que estaban «bien preparados». Estudiantes reales.

Editoriales: No sé qué decirles. Su rol desarrollando y distribuyendo libros ya no es necesario. Ahora están en el negocio de la publicidad relaciones públicas.

Profesores: escojan libros que sus estudiantes puedan leer y entender. Si no encuentran alguno, escríbanlo. No es tan difícil. Y entonces esperen y exijan que los estudiantes lean y entiendan.

¿Cómo? Entre otras cosas, haciendo cuestionarios. Pidan a sus estudiantes que lean un capítulo y pregúntenles al respecto. Si pocos estudiantes no entienden, culpen a los estudianes. Si más que sólo pocos estudiantes no entienden, arreglen el libro.

Estudiantes: Deberían levantarse en huelga. Si sus libro cuesta más de $500, no lo compren. Si tiene más de 500 páginas, no los lean. No hay excusa para los malos libros.