Para que las generaciones que conviven se entiendan, la forma de su lenguaje debe vivir más que un individuo. Ése ritmo paciente permite a las palabras llevar su historia a cuestas.

Y es por ese motivo que me siento feliz de sentirme extranjero en mi lenguaje, al interrogarlas.

Mi proveedor de aquel placer es esclavo de leyes que se tienen por justas a base de propaganda pero no cumplen su propósito.